Si bien las “hipótesis proustianas” ya estaban ahí hacía años, a la vista en papers y manuales de neurobiología, fue Lehrer quien posó una lupa sobre ellas y las magnificó para que todos –científicos fundamentalistas y artistas posmodernos– vieran que hay muchas maneras distintas de describir la realidad y que todas ellas son susceptibles de generar verdad (“la física es útil para describir los quarks y las galaxias, la neurociencia para describir el cerebro y el arte para describir nuestra experiencia real”).
Como una revelación, a Jonah Lehrer le cayó la ficha. Hacía una semana, cuenta, había comenzado a leer Por el camino de Swann para mitigar las largas horas de espera entre experimento y experimento que desarrollaba en el laboratorio de Eric Kandel, quizás el neurocientífico más importante vivo. Y entonces lo vio. Muy a pesar de las diferencias estilísticas (por un lado la prosa proustiana y por el otro, la frialdad del dato científico), Proust y los neurocientíficos rodeaban y buscaban una respuesta al mismo problema: cómo hace la mente para recordar, o sea, cómo una colección de células consigue guardar lo más relevante de nuestro pasado.
“Formulado en pocas palabras –sintetiza Lehrer–, Proust creía que nuestros recuerdos eran engañosos. Aunque parecían reales, en realidad, eran unos amaños elaborados. Proust era consciente de que en el momento mismo en que terminamos de comer la madalena, empezamos a deformar su recuerdo para que se adecue a nuestra narrativa personal. Forzamos los hechos en favor de nuestro relato, pues nuestra inteligencia reelabora la experiencia. Proust nos aconseja tratar la realidad de nuestros recuerdos con sumo cuidado y con una buena dosis de escepticismo.”
Casi 90 años después de la muerte de Proust, las ciencias le dan la razón: el hombre que encapsuló en una obra voluminosa el dolor, el amor, la ansiedad y el hastío ocioso tenía razón, la memoria es falible, el acto de recordar modifica un recuerdo. O como lo describe Lehrer, “los recuerdos no representan directamente la realidad; antes bien, son copias imperfectas de lo que sucedió realmente, una fotocopia de una fotocopia de un mimeógrafo de la foto original”.
Asesinato en la biblioteca de la memoria
Para llegar a esa conclusión, los exploradores de la mente tuvieron que demoler todo un edificio metafórico que se había construido durante cientos de años. A lo largo del siglo XX, poco a poco, la imagen del cerebro como una biblioteca, con estanterías repletas de libros-recuerdos inmutables (o “recuerdos foto”) dispuestos a retirar y leer a cualquier hora, terminó por agotarse ante la evidencia, la constatación de que las células del cerebro, al igual que todas las demás células del cuerpo, se encuentran en un flujo constante (una proteína cerebral vive sólo catorce días).
Así, ya no se concibe a la memoria como un depósito de información inerte sino como un proceso incesante: cada vez que recordamos algo, la estructura neuronal sufre una pequeña transformación, un proceso llamado reconsolidación y que Freud conocía como Nachträglichkeit o retroactividad. “El momento en el que recordamos el sabor de la madalena es el momento en que nos olvidamos de cómo ésta sabe realmente –sentencia Lehrer–. Proust se adelantó a estos descubrimientos. Para él, los recuerdos eran como frases, es decir, cosas que nunca dejamos de cambiar”.
De esa manera, por ejemplo, se explican ciertas aristas del sentido común como las recurrentes frases vacías del tipo “el pasado fue siempre mejor”. Si leyeran más a Proust, los defensores de los tiempos que fueron y ahora no son lo sabrían: el pasado evocado está cargado de intenciones del presente. El recuerdo de las cosas pasadas no es necesariamente el recuerdo de las cosas tal y como fueron.
El pasado –volátil y efímero– no pasa nunca.
Fuente: Diario Página 12, Suplemento Radar Libros, 4-VII-2010, Buenos Aires, Argentina.
Selección, nota final y destacados: S.R.
Relacionar con: “Tenemos un cerebro del paleolítico” - Roberto Rosler >>>

1 comentario:
interesante nota
Publicar un comentario