domingo, 24 de julio de 2011

CELULAS MUTANTES Y CELULAS REGRESIVAS

El cáncer no es producido por células mutantes sino regresivas






Esta es la hipótesis de los astrobiólogos y cosmólogos Paul Davies y Charlie Lineweaver, los procesos cancerígenos son una vuelta al origen de la vida.






El mapa del cáncer se parece se parece a la vida en la transición entre los organismos unicelulares y organismos multicelulares complejos, tal como era la vida hace 1.000 millones de año.






En este sentido, la teoría de Davies y Lineweaver propugna que las células cancerígenas no se reproducen fuera de control sino que más bien regresan a un estadio primitivo, de forma parecida a como en un ordenador se arranca en modo seguro:






se trataría de una estrategia biológica que tiende a recuperar un equilibrio perdido, pero con desenlace fatal.






La buena noticia: podría neutralizarse su efecto negativo una vez que se conozcan mejor los genes primitivos y la ciencia pueda “ayudar” a los distintos cánceres a completar su arranque a prueba de fallos










Enlace: Cancer resembles life 1 billion years ago, say astrobiologists (Life Scientist)


Vía Slashdot








“Los tumores son una re-emergencia de nuestro Metazoan 1.0 interior, una vuelta atrás a un mundo antiguo cuando la vida pluricelular era más simple”, comenta Davies. “En ese sentido, el cáncer es un accidente esperando a ocurrir”.

Si Davies y Lineweaver están en lo cierto, entonces los genomas de los organismos pluricelulares más simples ocultarán pistas de la forma en que el cáncer evita el control del cuerpo y desarrolla una resistencia a la quimioterapia. Y su aproximación sugiere que hay un número limitado de rutas genéticas favorecidas por las células conforme se convierten progresivamente en inestables genéticamente y malignas, lo que implica que el cáncer podría ser gestionable a través de un conjunto finito de medicamentos en la próxima era de medicina personalizada.



El cáncer no va a ninguna parte evolutivamente



Mirar la vida desde el punto de vista general, fuera de los laboratorios de los oncólogos, recuerda a los científicos que el cáncer no invade el cuerpo humano, sino que, de hecho, ya está construido en nuestro ADN.

“Nuestro nuevo modelo debería dar a los oncólogos una nueva esperanza”, dice Lineweaver. “Sugiere que el cáncer es un adversario limitado y finalmente predecible.

“El cáncer no va a ninguna parte evolutivamente; simplemente empieza en un nuevo paciente de forma similar a como empezó en el anterior”.

Los autores también creen que el estudio del cáncer puede informar a la astrobiología. No es una calle de sentido único”, comenta Davies.



“El cáncer nos da pistas importantes sobre la naturaleza e historia de la propia vida”.







fuente

via cienciakanija.com





11 de abril 2011





viernes, 22 de julio de 2011



"Mañana es la única utopía".


José Saramago





Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo...

¡Qué importa eso!.

Tengo la edad que quiero y siento.

La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.

Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.

Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la

convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!.

No quiero pensar en ello.

Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.

Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo

que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer

lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos

y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: Eres muy joven, no lo lograrás.

Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero

con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones

se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse

en el fuego de una pasión deseada.

Y otras en un remanso de paz, como el atardecer en la playa.

¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues

mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino

derramé al ver mis ilusiones rotas... valen mucho más que eso.

¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta!.

Lo que importa es la edad que siento.

Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.

Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida

y la fuerza de mis anhelos.

¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa!.

Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.





José Saramago


 


Premio Nobel Literatura 1998.




jueves, 7 de julio de 2011

LA ENFERMEDAD COMO CAMINO

Extracto del libro:




 LA ENFERMEDAD COMO CAMINO
















AFECCIONES DE LA VISTA





Quien tenga problemas visuales lo primero que debería hacer es prescindir durante un día de las gafas (o lentes de contacto) y asumir la situación conscientemente. A continuación, hacer por escrito una descripción de la forma en que durante ese día vieron y experimentaron el mundo, lo que pudieron hacer y lo que no, cómo se las ingeniaron. Este informe debería darles material de reflexión y revelarles su actitud hacia el mundo y hacia sí mismos. Pero ante todo debería uno responderse las siguientes preguntas:





1. ¿Qué es lo que no quiero ver?

2. ¿Obstaculiza la subjetividad el conocimiento de mi mismo?

3. ¿Evito reconocerme a mi mismo en mis obras?

4. ¿Utilizo la vista para mejorar mi perspectiva?

5. ¿Tengo miedo de ver las cosas con nitidez?

6. ¿Puedo ver las cosas tal como son?

7. ¿A qué aspecto de mi personalidad cierro los ojos?





AFECCIONES DE LOS OÍDOS





Quien tenga problemas con el oído formúlese estas preguntas:

1. ¿Por qué no quiero escuchar a cierta persona?

2. ¿Qué es lo que no quiero oír?

3. ¿Están equilibrados en mí los polos de egocentrismo y humildad?



VI. DOLOR DE CABEZA







El dolor de cabeza era desconocido hasta hace varios siglos. En épocas pretéritas no se daba. El dolor de cabeza toma incremento especialmente en los países más avanzados, en los que el veinte por ciento de la población «sana» reconoce sufrirlo. Las estadísticas indican que la incidencia es mayor entre las mujeres y los «estratos superiores». Esto no sorprende si tratamos de rompernos un poco la cabeza con el simbolismo de esta parte del cuerpo. La cabeza presenta una clara polaridad respecto al cuerpo. Es la instancia suprema de nuestra institución corporal. Con ella nos imponemos. La cabeza representa lo alto mientras que el cuerpo expresa lo bajo.





Consideramos la cabeza como la sede del entendimiento, el conocimiento y el pensamiento. El que pierde la cabeza actúa irracionalmente. Podemos comer el coco a una persona, pero en tal caso no debemos esperar que mantenga la cabeza en su sitio. Por lo tanto, sentimientos irracionales como el «amor» atacan muy especialmente la cabeza: la mayoría de las personas suelen perderla cuando se enamoran (...y, si no la pierden, los dolores de cabeza no acaban). De todos modos, también los hay cabezotas que nunca llegarán a perder la cabeza, ni aun en el caso de que se den con la cabeza contra la pared. Ciertos observadores piensan que esta extraordinaria insensibilidad se debe a que tienen serrín en la cabeza, aunque científicamente no se ha demostrado.





El dolor de cabeza producido por la tensión se inicia de forma difusa, más como una opresión, y puede prolongarse durante horas, días y semanas. Probablemente, el dolor se produce por un exceso de tensión en los vasos sanguíneos. Generalmente, al mismo tiempo se siente una fuerte tensión en la musculatura de la cabeza, los hombros, el cuello y la columna vertebral. Este tipo de dolor de cabeza suele presentarse en situaciones en las que el ser humano se halla sometido a fuerte presión o cuando una crisis va a desbordarle.





Es el «camino ascendente» que conduce fácilmente a una acentuación excesiva del polo superior, es decir, de la cabeza. Suelen padecer este tipo de dolor de cabeza las personas ambiciosas y perfeccionistas que tratan de imponer su voluntad. En tales casos, la ambición y el afán de poder se suben a la cabeza, porque el individuo que sólo atiende a la cabeza, que sólo acepta lo racional, sensato y comprensible, pronto pierde el contacto con el «polo inferior» y, por lo tanto, con sus raíces que son lo único que puede anclarlo en la vida. Es el cerebral. Pero los derechos del cuerpo y sus casi siempre inconscientes funciones son más antiguos que la facultad del pensamiento racional, que es una adquisición relativamente reciente del ser humano, con el desarrollo de la corteza cerebral.



El ser humano posee dos centros: corazón y cerebro: sentimiento y pensamiento. El individuo de nuestro tiempo y de nuestra cultura ha desarrollado extraordinariamente las fuerzas cerebrales, por lo que corre peligro de descuidar su otro centro, el corazón. Por ello, tampoco es una solución denostar el pensamiento, la razón y la cabeza. Ningún centro es mejor ni peor que el otro. El ser humano no debe optar por uno de los dos sino buscar el equilibrio.







Las personas «todo sensibilidad» están tan incompletas como las «todo cerebro». Pero nuestra cultura ha favorecido y desarrollado tanto el polo de la cabeza que en muchos casos padecemos un déficit en el polo inferior. A ello se suma el problema de a qué aplicamos nuestra actividad mental. En casi todos los casos, utilizamos nuestras funciones racionales para la consolidación de nuestro Yo. Por medio del modelo filosófico causal, nos prevenimos más y más frente al destino, con objeto de ampliar el dominio de nuestro ego. Esta empresa está condenada al fracaso. En el mejor de los casos, acaba como la torre de Babel, en la confusión. La cabeza no puede independizarse y recorrer su camino sin el cuerpo, sin el corazón. Cuando el pensamiento se disocia de lo de abajo, rompe con sus raíces. Por ejemplo, el pensamiento funcional de la ciencia es un pensamiento sin raíces: le falta religión, el enlace con la causa primitiva. La persona que sólo se rige por la cabeza, sin un anclaje en el suelo, alcanza alturas vertiginosas. No es de extrañar que a veces uno tenga la sensación de que va a estallarle la cabeza. Es una señal de alarma.





La cabeza es, de todos los órganos, el que más rápidamente reacciona al dolor. En todos los demás órganos tienen que producirse alteraciones mucho mayores para que haya dolor. La cabeza es nuestro vigía más despierto. Su dolor indica que nuestro modo de pensar es erróneo, que seguimos un criterio equivocado, que perseguimos objetivos dudosos. Da la alarma cuando nos rompemos la cabeza con cavilaciones estériles en busca de unas seguridades que, en definitiva, no existen. El ser humano, dentro de su forma de existencia material, no puede asegurar nada: en realidad, a cada intento que realiza sólo consigue ponerse en ridículo.





El individuo suele devanarse los sesos, hasta que le sale humo de la cabeza, por cosas intrascendentes. La tensión se descarga por medio de la relajación que, en realidad, no es sino otro modo de llamar al acto de soltar, de desconectarse. Cuando la cabeza da la alarma por medio del dolor, es que ha llegado el momento de desechar la obcecación del «yo quiero», la ambición que nos empuja hacia arriba, la cabezonería y el fanatismo. Es el momento de dirigir la mirada hacia abajo y recordar las raíces. Imposible ayudar a quienes durante años acallan esta alarma a fuerza de analgésicos. Esos arriesgan la cabeza.